Hace poco recibí un mail muy inquietante.
Venía de una persona cuyo nombre no reconocía. Su título era el nombre de mi primer novio y decía algo así como: Vos ibas al colegio de super héroes y vivías en un selecto barrio de la zona?
Ante ese mail y ante la creciente ola de inseguridad en este país (hoy al salir del taller de escritura humorística, se habían llevado mi auto y en su lugar me habían dejado unos rollers de un delivery de Romario) respondí escuetamente: Sí.
Resumiendo la historia, esa persona que me contactaba era efectivamente mi novio de la infancia. Aquél noviazgo que mi madre tuvo a bien arruinar al confundir su skate con una… No sé ni cómo decirlo… Una “patineta”.
Intercambiamos mails y me contó que guardaba aún una tarjeta MUSICAL que le había dado cuando estábamos de novios. Pensándolo bien tal vez me había dejado no por la falta de swing de mi madre sino por mi mal gusto…
Pensé también qué tipo de persona guardaba una tarjeta musical durante 23 años.
Un cartonero tal vez…
Pero quién soy yo para juzgar a un cartonero cuando mi madre colecciona envases de margarina?
Tal vez por esto yo sea una super heroína sin pasado. En mis múltiples mudanzas fui deshaciéndome de todo aquello que se relacionara con mi pasado.
No es una actitud que tiene que ver con negar de dónde vengo. O tal vez sí. No quiero ser cartonera como mi madre.
Mi desaprensión con el pasado llega no sólo a lo material sino a lo espiritual. No recuerdo nada de mi pasado.
Todas las historias relacionadas con mi pasado, o la mayoría de ellas, me fueron contadas por otros.
Así en reuniones con amigas el momento en el que comienzan a recordar sus años mozos (y ese momento indefectiblemente llega) es el momento en el que yo aprovecho para rezarle una novena a San Antonio. A lo largo de estas conversaciones mis amigas insisten con una pregunta recurrente: Te acordás?
Mi respuesta es invariablemente: No.
Así no recuerdo ni profesores, ni compañeras de colegio, ni novios de mis amigas ni ninguna persona que no vea hace más de 2 meses.
Esa es la amplitud de mi memoria: 2 meses.
Sin embargo, recordaba a mi primer noviete. De hecho ya se los he mencionado y hoy consta en las páginas del libro de este blog. Sebastián fue mi primer novio. Un skater cool a quien una patineta retro o una tarjeta musical ochentosa logró espantar.
Por qué este chico me contacta ahora? Querría que le devuelva el CD de Erasure que me había prestado? Querría invitarme a tomar una Tab a The Embers? Debería ponerme mis New Balance lilas para encontrarme con él?
Me alegró verlo. Se lo veía bien. Pero por suerte yo estaba mejor. Y sin duda eso era lo más importante en este encuentro. Mostrarle que si hubiera sabido disculpar una esporádica falta de gusto, hoy podría estar con una reconocida super heroína.
Lo nuestro no habría funcionado igual. Somos muy distintos. El tiene memoria, yo no.
Yo no logro retener ni indicaciones para llegar a la esquina de mi casa.
Vieron cuando uno pide indicaciones para llegar a un lugar y te contestan: segui 3 cuadras, dobla a la derecha, 2 cuadras y una a la izquierda.
Para cuando terminaron de hablar yo ya tengo que preguntar de nuevo.
En este punto se conjugan mi falta de memoria con mi falta de orientación. Soy una persona que tiene más carencias que el plan 410 de OSDE.
Como verán el problema de la desorientación sigue acechándome.
El día que iba a encontrarme con Sebastián, me tomé un taxi. Le indiqué al taxista (o taximetrero según mi madre) a donde iba y me responde: me indica cómo llegar?
Si supiera como llegar no te pediría a vos que me lleves.
Le preguntamos a un vendedor de un puesto de diarios. Nos responde: Me paso el día acá adentro. Preguntarme a mí como llegar es cómo preguntarle a un participante de Gran Hermano.
Finalmente el taxista y yo nos tomamos otro taxi y así dimos con el lugar del encuentro con Sebastián.
Mi desorientación ha llegado a tal punto que cuando hago gimnasia, le pongo GPS a la bicicleta fija.
Creo que la única solución para este problema es no salir más de mi casa: compras por internet, plomero por webcam, si alguien se enferma, que me venga a ver él.
Con el tiempo que pierdo perdiéndome ya hasta podría tener un Doctorado en Física Nuclear.
Como verán he desarrollado una nueva habilidad y se la debo a mi taller de redacción humorística: la de hablar seriamente de boludeces.
Esto se da de bruces con mi habilidad de joder con cosas serias.
He perdido ahora la capacidad de distinguir lo profundo de lo trivial, lo jocoso de lo serio.
Antes era una persona que lograba bromear con cosas tan serias como incluso la muerte. Ahora armo elaboradas elucubraciones sobre los porteros que se niegan a ser llamados porteros y ahora quieren que se los llame “El Señor de las Franelas”.
De pronto recuerdo que hace 25 años que el Capitán Prince nos dejó. Un sutil eufemismo tan poco digno de mi familia. Una familia donde nos empeñamos en vociferar “No le mientan. Está muerto”. O será que realmente el Capitán Prince eligió dejarnos? Yo, con 7 hijos bipolares, 2 perros oligofrénicos y una mujer desquiciada lo habría hecho años antes.
Y pienso cómo es que recuerdo al Capitán Prince cuando claramente ya excedió la regla de la memoria de los 2 meses.
Pero a esta altura, a quien sorprende otro sinsentido de esta noble pero no por eso menos delirante super heroína?
January 17, 2011 at 11:28 pm |
Si te interesa recobrar objetos perdidos del baul de los recuerdos, te comento que estoy en Bariloche… a buen entendedor…
pero como no sé si sos buena entendedora te lo aclaro: estoy a escasos km del padre de tus hijos ¿necesitas que haga alguna gestion?
January 17, 2011 at 11:33 pm |
Decile quer recuperemos el tiempo perdido. Directamente que quiero cuatrillizos. Vas a ver cómo funciona eso… Es el equivalente a la kriptonita para Superman.
January 19, 2011 at 12:35 pm |
Diana, de todas tus aventuras, me mataste con: “finalmente el taxista y yo nos tomamos otro taxi”.
Me dejaste con ganas de más detalles del reencuentro con Sebastian, por lo pronto ¿sigue andando en “patineta”?
January 20, 2011 at 2:45 am |
Sebastián finalmente se dio cuenta que la “patineta” no era lo suyo. Ahora anda con un cuatriciclo que mi vieja llama “motoneta”.