Se acabó la haraganería… Y citando a mi ídola de la caja boba… ASÍ NO.
Pido disculpas a mis lectores (son 3) por mi inesperado mes de ausencia pero en el último mes me la he pasado de viaje intentando vanamente acabar con el crimen en el mundo.
Creo que es hora de que alguien me enfrente a la cruel realidad al mejor estilo “No le mientan. Está muerto” y me digan “El mal siempre gana”.
Pero no. Pongámosle onda que ésta debería ser una buena semana. Una semana plagada de acontecimientos.
Tengo muchas cosas para contar y un gran desorden mental para variar. Otros lo llamarían quilombo. Yo no. De hecho, no puedo creer que haya escrito esa palabra en un espacio tan público.
Verán ustedes… He descubierto que tengo una tara más. Y sumamos 126 con ésta. La nueva tara es: no puedo decir malas palabras con un público que supere las 5 personas.
Regla arbitraria si las hay.
Se preguntarán ustedes cómo he llegado a tal conclusión.
El otro día ensayando una nueva rutina de stand up (que estreno este miércoles 25 de noviembre a las 20.30 en Terraza Teatro Bar) tenía que pronunciar una mala palabra. Que de hecho ni siquiera lo es. Es tan sólo un nombre vulgar para una parte de la anatomía masculina…
Pues bien.
No puedo pronunciar esa palabra. Me da vergüenza y me queda mal. Para el orto dirían algunos…. Pero yo no.
Mis padres me han quemado la cabeza con su educación. Y sí… Seguro que los culpables son mis viejos. Marido no tengo. Asi que deben ser ellos.
Porque según tengo entendido (y por favor siéntanse libres de corregirme) una vez que una mujer se casa el hombre es el culpable de todos sus males.
O al menos eso me pareció entender hace poco en una reunión con mis amigas del alma.
Por Dios… En qué momento nos convertimos en un cliché de Lita de Lazari?
Y se los digo ahora y públicamente así no quedan dudas: si en algún momento me convierto en esto, matenme. Tienen mi autorización expresa.
Todo bien con mis amigas adoradas pero se los digo así… Próximo encuentro así y no respondo de mí si me convierto en Michael Douglas en Un Día de Furia.
Y en otro ataque de brutal honestidad les digo: Los maridos no son monstruos malvados salidos de una película de ciencia ficción. Son lisa y llanamente lo que nosotros los dejamos ser.
Pero volviendo a las malas palabras… Les comentaba que no puedo pronunciar palabras relacionadas con la anatomía masculina.
Y sin embargo, por qué la frase “qué dolor de huevos” me sale con tanta facilidad al punto que ahora algunas de mis compañeras de trabajo comienzan a repetir la frase sin cesar?
Eso sí que es liderazgo.
El otro día hablando con una compañera de trabajo me dice refiriéndose a un programa que estábamos implementando: Es un dolor de huevos.
Inmediatamente otra compañera dice… Eso lo sacaste de Diana!
Será este mi legado para con las futuras generaciones?
Y cuál es la razón por la cual puedo nombrar tan sólo algunas partes de la anatomía masculina? O acaso al hablar de huevos pienso que me refiero a una tortilla a la española?
Otra de las tantas inconsistencias en mi vida.
Pero hay una que descubrí recientemente que supera a esta dicotomía de p…/huevo.
En general soy una persona que no exterioriza mucho sus sentimientos. Por si no lo habían notado…
Esto se manifiesta en todo tipo de expresión de emociones.
Si me enojo, no grito.
Si me alegro, no me van a ver a los saltos.
Y si me entristezco, pocas veces lloro.
En mi vida, por suerte, he tenido oportunidad de demostrar esto incontables veces. Me he enojado, me he alegrado y me he entristecido mucho muchas veces.
Se me viene a la mente la frase de Alterio en Caballos Salvajes: La pucha que vale la pena estar vivo…
Pero para cliche ya tenemos a mis amigas puteando a sus maridos…
Pero volvamos a lo nuestro. Yo no lloro.
A mi la frase de “Si querés llorar, llorá” no me sirve. Sabelo Moria! Yo no lloro aún si tengo ganas de llorar.
Lo que se hereda no se hurta.
Todos en la familia Prince tenemos distintas formas de expresar nuestra tristeza. A saber…
Madre… Se victimiza al mejor estilo la Madre de La Nanny.
Gonzalo… Lo soluciona con “Qué cagada” y a otra cosa…
Fernando… Le pega a sus asaltantes.
Dolores… Putea a cuanto ser humano se le acerque. Solo su perro se salva…
María Jose… Hace la gran Chuck Norris. MIA. Desaparece.
Verónica… Se compra alguna joya. Si se tira a la pileta con todos sus anillos se va al fondo sin escalas…
Yo… Hago cosas. Tengo que solucionar las cosas. Aún cuando no la tengan.
Así fue que recientemente tuve que enfrentar una situación triste. Decir que la tuve que enfrentar es en las palabras de un gran comediante (Federico) un gran complejo de centro de mesa.
La mamá de mi mejor amiga se enfermó. Una mujer espectacular. Como varias veces le dije, mi mamá postiza (y cuando me invitaban a comer a su casa hubiera preferido que fuera mi mamá verdadera. Graciela sabía cocinar!)
Mientras mi amiga me confiaba su tristeza yo me apresuré a decirle: y por qué no vas a la psicóloga?
Práctico. Util.
Seguramente no lo que necesitaba.
Bah… Seguramente. Me dijo claramente que no era lo que necesitaba al comentarme que en la primera sesión de psicóloga le dijo: vengo porque mi marido y mi mejor amiga son un cero en contención.
Y saben qué ?
Tiene razón.
Igual les digo… Es bastante estresante ser así.
Mientras otros se quedan abrazando a quien la pasa mal… Yo corro por toda la ciudad buscando médicos, un pai umbanda, malabaristas y locomotoras a vapor en busca de alguna solución para un problema que no la tiene.
Y así pasó todo este tiempo y Graciela se fue.
Y en medio de esa tristeza yo lloré… Y lloré… Y lloré.
A ver si me entienden… De los 70 mm3 de precipitaciones de la semana pasada, 20 fueron mis lágrimas.
Lloré desconsoladamente al punto que mi amiga casi me termina consolando a mí. Y en eso le digo: soy un desastre.
A lo cual me responde: Sos peor. Sos del grupo de No Apoyo.
Y así casi imperceptiblemente deslizó en mi mano una tarjeta.
La de su psicóloga.
Dios los cría y el viento los amontona.



