Las normas sociales dictan que a nadie le gusta volver a trabajar después de las vacaciones…
En general, a la gente no le gusta volver a trabajar.
Yo, no soy la excepción.
Diría que yo soy el máximo exponente de esta ley.
Tal vez tenga un poco que ver aquella frase que mi madre no se cansaba de repetir en sus arrullos de cuna: El trabajo es la maldición bíblica.
A algunos les cantan temas de Maria Elena Walsh.
A mi me decían que “el trabajo es la maldición bíblica”.
La cruda realidad hasta las últimas consecuencias.
Después de unas vacaciones particularmente especiales donde pude vivir culturas y conocer lugares aún más distintos de los que ya había conocido, esa cruel canción de cuna, resonaba aún más en mi cabeza.
Dejé el sudeste asiático con particular melancolía. Un sentimiento bastante ajeno a mi persona.
Me preguntaba un poco por qué podía invadirme de esta forma este triste sentimiento hasta que lo recordé…
Recordé aquél viaje allá hace 25 años en compañía de mi madre, Gonchi (el segundo alias la flor de loto) y Vero (la sexta o la que me odió hasta los 20).
Un capítulo aparte merece el motivo de este viaje.
Mis padres y yo junto con la sexta nos habíamos mudado a Inglaterra dado que el Capitán Prince había sido contratado para trabajar en Control en reemplazo del agente 86 que se acababa de jubilar.
Una mudanza por 2 años repentinamente se convirtió en un paseo de dos meses debido a que a algún ilustre dictador (mi madre persignándose en este momento) se le había ocurrido la brillante idea de declararle la guerra a una de las mayores potencias del mundo para recuperar unas islas que ni sabemos bien dónde se encuentran ni para qué sirven.
Y, los Prince, fiel a nuestro estilo ubicados en el lugar equivocado en el momento equivocado.
Si le declaramos la guerra a Inglaterra, nosotros en Inglaterra.
Si hay un tsunami en Groenlandia, seguro que ese día estábamos de visita por ahí.
Si cae un rayo que parte en dos Japón, ahí estaremos.
Impecable sentido del timing de los Prince.
Así fue como el gobierno británico nos dio 4 días para abandonar su país. Todo con la mayor educación y buen trato. No en vano les he confiado hasta mi muerte a bordo de un globo…
Y entonces que hizo la familia Prince ante esta terrible situación?
Nos fuimos a hacer un viaje por Europa…
Hay formas y formas de vivir la guerra. No me van a negar que la nuestra es a puro glamour…
Mi cuñado, el marido de la quinta, que tuvo la brillante idea de seguir la carrera naval fue enviado a la guerra.
Nosotros, a viajar por Europa.
Algunos lo llamarían negación. Yo lo llamo cagarse en todo. Semántica pura.
Así fue que nos fuimos a viajar por Europa con Vero y Gonchi. Y acá llegamos a lo fundamental de este cuento.
Durante todo el viaje mientras mi madre me atosigaba con 200 fotos en Piazza Espagna, me decía una frase que aún hoy, 25 años después retumba en mi cerebelo.
Mirá bien que ésta puede ser la última vez que veas esto en tu vida.
Recordemos que yo tenía 8 años….
Imagínense como ahora, 25 años años después, esas palabras cobran un nuevo y particular sentido.
Ahora entienden mi melancolía al regresar de vacaciones?
El viaje de Bangkok de 22 horas lo hice llorando.
Llorando porque tenía que volver a la maldición bíblica aún cuando ya no creo en nada y juraría que nunca llegué a leer la Biblia en toda su extensión y sin embargo la muy hija de puta hoy me estaba jodiendo…
Llorando porque nunca más iba a ver Birmania, Camboya o Tailandia. Mi madre me lo había dicho y si hay algo que debo reconocerle es que nunca me mintió.
Y para muestra sobra un botón: “No le mientan está muerto”.
Mis compañeros en el avión no entendían el por qué de mi depresión. Me miraban absortos intentando explicar qué me pasaba mientras le pasaban el mop al piso del avión intentando evitar una inundación aérea y ser así víctimas de una muerte tan poética…
Ni yo podía entender qué me pasaba.
De pronto un horrible frío recorrió mi nuca. Conocía esta sensación claramente. Era pánico. Pánico a que mi personaje me hubiera comido.
Se preguntarán de qué personaje hablo, no?
Enseguida se los explico.
Como les comenté hace poco me hicieron una producción fotográfica para una importante revista femenina.
Finalmente esa nota salió publicada y entre las frases destacadas podía leerse una frase que vagamente recuerdo haber pronunciado: Yo no juego al fútbol con mis compañeros de trabajo pero busco otras formas de relacionarme con ellos.
Claro…La frase aparecía destacada porque era la típica frase que una lectora de esa revista pronunciaría.
Qué pudo haber pasado por mi mente para pronunciar semejante boludez? Será que el espíritu de esa revista se había apoderado de mí? Volvería a ser la misma de antes o ahora me dedicaría a leer recetas de espárragos al gratén y a consultar el horóscopo chino?
Podría este ataque de llanto ser tan sólo una de las evidencias de que me había convertido en la Karina Yelinek de los Super Héroes?
En eso escucho que uno de mis compañeros de vuelo dice: Y… Es mujer. Vos viste que las minas son así.
De pronto el pánico dio paso a otro sentimiento. Un sentimiento aún más fuerte y ensordecedor… La furia.
Agarré a esa persona del cuello de la camisa y comencé a revolearlo por el avión mientras le exigía que se retractara de lo dicho. Por temor a que provocara un accidente en el avión esta persona se disculpó.
Así volví a sentarme en mi asiento mientras intentaba desetrañar porqué esa frase había despertado sentimientos tan fuertes en mí.
Varias veces he escuchado a algunas mujeres decir grandes boludeces justificándose con que son mujeres.
Otras tantas veces he visto a otras mujeres hacer boludeces aún mayores porque, según otros, son mujeres.
He escuchado a mujeres con importantes investiduras pronunciar frases como “volemos como pollos y comamos como chanchos” y luego apelar a sus “hermanas de género”.
Años de situaciones como éstas despertaron en mí un sentimiento horrible.
Un sentimiento aún más fuerte que la vergüenza ajena.
Aún peor que la propia vergüenza. Un sentimiento que hace que prefiera hacerme cargo de las boludeces que hago y digo a intentar justificarlas sobre la base de alguna condición sexual.
Existe para mí otro sentimiento aún peor a todo esto.
La vergüenza de género.
En eso me levanté de mi asiento y me dirigí a quien había osado insultarme.
Lo miré fijo a los ojos y le dije:
Que te quede claro. Que si yo hago y digo boludeces no es porque soy mujer. Sino porque soy una boluda. Y a mucha honra.



